PRESENTACION
Hubo un tiempo, sobre todo en los medios rurales, en que se carecía de todo y las necesidades de supervivencia hicieron que las gentes se fuesen amañando tareas que precisaban y no tenían profesionales que las hiciesen o si los había, no podían pagar sus honorarios.
En el campo, en los cortijos, aldeas, chozos de pastores, pueblitos pequeños, vivían una masa enorme de personas que, alejados de las comodidades de la ciudad, debían de ingeniárselas para seguir viviendo. El medio hostil con el que convivían era a veces tan duro que se hacía casi irresistible.
A diferencia de estos tiempos nuestros donde todo sobra y donde todo se tira, en esos años, había que reciclarlo todo, reutilizarlo todo sencillamente porque no había nada nuevo. Bueno no tenían nada nuevo las clases trabajadoras e indigentes. Había quien tenía de todo. Hasta esclavos.
En los medios rurales era donde más se notaba esta situación de carencias materiales. Podían tener un huerto con las verduras y frutas para el sustento, pero carecían de lo más elemental en cuanto a menajes, servicios, vestuarios, aperos y demás artículos de necesidad básica.
De esta forma nacen las parteras o matronas, que sin ningún tipo de estudios médicos, se dedicaban a traer al mundo a los niños de los campos de mi tierra extremeña. Esas mujeres que basándose en experiencia suplieron la carencia de conocimientos en la que estaban sumergidas.
Los médicos, las enfermeras y comadronas en ocasiones estaban lejos. No solamente lejos en el espacio y por lo tanto en el tiempo de tenerlos a mano. Sino lejos de las posibilidades económicas de la mayoría de los que las necesitaban. Entonces eran las parteras, las curanderas o curanderos los que se ponían a traer al mundo niños o a sanar las enfermedades de los habitantes del campo en la mayoría de las tierras de España.
Cuantas historias se han contado de mujeres que dieron a luz en el camino del pueblo, en un carro encima de una mula o recostadas en una encina, como lo inmortalizó magistralmente el poeta extremeño Luis Chamizo, en su poema (La Nacencia)
Al mismo tiempo que las parteras, o por esos tiempos, nacieron los hojalateros lañaores, las alpargateras, los cardadores de lanas, los afiladores y tantos y tantos oficios que debían de reparar, componer, reciclar todo aquello que por su uso se había roto o deteriorado.
El uso de las cosas, de las pocas cosas que poseían estas gentes eran el trajín diario de una serie de hombres y mujeres que debían de trabajar para mantener la escasa ajuar de las casas en el mejor estado posible.
Como no recordar a ese mago de las reparaciones que suponía el hojalatero-lañaor. Con un cajón de madera colgado del hombro y una especie de brasero de carbón con los soldadores dentro para mantenerlos calientes. Este hombre solía llevar en los bolsillos de su enorme pelliza, muchas de las piezas que necesitaba para ejercer su trabajo. Así salían de aquellos bolsillos, trozos de hojalata, estaño, cobre, grapas, lañas, pieles y muchas más cosas que ahora no recuerdo. Al vocear su paso por las casas, chozos y cortijos, lanzaba un pregón corto pero alargado en su entonación y comiéndose muchas de las letras de su letanía.
Jalaterooooooo lañaooooooooooooooorr
Al pregón salían de las casas mujeres, con barreños partidos, paraguas rotos, ollas de porcelana que se salían y cantaros que les faltaba el asa. Los muchachos se arremolinaban alrededor de hojalatero, sobre todo cuando se producía el milagro de la soldadura en la olla de porcelana o en la confección de un vaso con un bote de leche condensada usado.
El hojalatero disponía en el suelo todos sus aperos para el trabajo encomendado. De esta forma salían de la caja de madera, yunques, martillos, tenazas, tijeras de cortar latón y demás artilugios que hacían de él un mago de las reparaciones. Especialmente gustaba a los niños cuando calentando bien los soldadores, después de atizar las brasas moviendo el brasero violentamente de un lado a otro, restregaba el soldador en una especie de resina para inmediatamente posarlo sobre la barra de estaño y después de coger una porción que se derretía por efecto del calor, aplicarla al parche de la olla a reparar. Con una habilidad extraordinaria quedaba pegado el remiendo de hojalata a la olla. Después muy ceremonioso pedía a la dueña de la olla que la llenase de agua para comprobar que ya no se salía por la pitera reparada.
Después salían los paraguas, los cantaros, las lecheras de estaño, duras y pesadas y un sin fin de artilugios y enseres que precisaban de las manos hábiles del hojalatero.
Al tiempo pasaba el recovero, cambiando enseres por gallina, huevos, conejos y manteniendo una discusión de regateo con el dueño de los animales por el valor, enorme según él, de sus enseres y la pobreza de valor de la gallina o el conejo que se le antojaba escuálido, delgado o excesivamente viejo para poder ser vendido en buen precio. Los regateos de los recoveros eran antológicos y de haber podido ser grabados supondrían una lección de oratoria para muchos de los que se consideran eruditos oradores. Era tal la inteligencia de estos hombres que se les consideraba siempre infalibles en los tratos, no perdían nunca. Se acuñó una frase que decía ( se la van a dar los pollos a los recoveros), en alusión a sus facultades para el regateo en el trato.
El ditero, el cardador de lana, la modista por las casas, y muchos otros oficios mas que se han perdido por el paso de los años, por el cambio de los tiempos y lo que es más importante por la elevación del nivel de vida, son los que he querido homenajear aquí, en este pequeño libro de los oficios perdidos, o al menos desaparecidos de la fisonomía de nuestros pueblos. Muchos de estos oficios los conocí personalmente, otros no. Muchos me llegaron por las historias de mi abuelo que los había conocido todos. Por eso comienzo este libro con un poema a su memoria.